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Verán ustedes: la gente no se levanta. La gente no explota. Como mucho produce tumultos puntuales. Y sin un objetivo a medio plazo.

Las revoluciones violentas cuestan dinero. Sí, desde comprar armas hasta conseguir montar la logística es muy caro, y más si piensan en el hecho de que normalmente el mercado de las armas para revoluciones, el trabajo de falsificadores, de mercenarios, de documentos y otras tareas necesarias suelen tener un caracter algo turbio a nivel legal.

En la Revolución francesa la turba asaltó la Bastilla, pero eran burgueses quienes lo pagaban. Y la revolución que dió lugar a los EEUU fue propiciada por un conflicto comercial y de impuestos en el que muchos poderosos se jugaban mucho dinero.

Los diversos movimientos terroristas en Europa surgidos durante la segunda mitad del siglo XX, como las Brigadas Rojas italianas o la RAF alemana recibieron ayuda de la extinta Unión Soviética. La “primavera árabe” ha recibido ayuda en forma de armamento y dinero desde Occidente.

Simplemente no hay nadie poniendo dinero para tal fin. Y sin dinero no hay cabecillas, y sin cabecillas nadie mueve a la masa. Por tanto, si son ustedes de los que ansían una solución brusca a los problemas de la crísis, inviertan en una sofá cómodo y esperen sentados. Ni en Grecia, ni en Portugal ni en España van a ver nada espectacular, y basta con echar un vistazo al resto del mundo para ver hasta qué punto pueden degradarse la sociedad y la economía sin que haya una revolución. Es más bien cosa de acostumbrarse. O de cambiar su voto. O de ir a votar. O de imaginarse otras vías menos ilusorias.

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