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Hace poco una mujer se ha suicidado al conocer su desahucio inminente. Es una noticia horrible y todo el mundo parece estar conmocionado. No es la primera ni será la última. Ahora bien, tengamos en cuenta que la opinión de la sociedad no es unánime respecto a estas tragedias.

Por un lado está quien se siente apenado cuando conoce la noticia de cualquier desahucio. No obstante, en estos años se han dado muchísimos casos en nuestro país de personas que sin la previsión adecuada se embarcaron en la compra de pisos lujosos, automóviles de gama alta, muebles de maderas nobles y un sinfín de lujos. Generalmente eran personas que trabajaban en sectores como la construcción y otros afectados por la gran burbuja que terminó estallando y sigue soltando su onda expansiva desde 2009. Y ahí es donde otro sector de la sociedad, muy poblado, suele sentirse resentido. Consideran que el despilfarro y la especulación de otros ha destruido las posibilidades de personas más humildes o previsoras para tener un trabajo con un salario digno o acceso a una vivienda. Sus opiniones van desde el “me deja indiferente” hasta el “que se jodan”.

Así las cosas, España se mueve por sentimientos encontrados, por emociones. Hay un par de cosas relacionadas con el concepto de “sociedad del bienestar” que valdría la pena remarcar: la primera es que dicta que cualquier persona, en cualquier circunstancia, tenga acceso como mínimo a un techo bajo el que cobijarse, alimento suficiente, y acceso a la educación y a la sanidad. La segunda es que “el estado del bienestar” no es una cuestión de sentimientos, sino una estrategia para crear una sociedad segura y donde se pueda vivir con un mínimo de tranquilidad.

Actitudes viscerales como el “me la trae al pairo” o “que sufran”, no son más que reflejos de una sociedad irracional que se destruye a sí misma contribuyendo por omisión a la destrucción de la clase media. Es una actitud de venganza pasiva que procede de las capas más primarias del cerebro. Es uno de los muchísimos problemas del país. No solo los políticos gritan “que se jodan”, aunque es cierto que hay más oportunidades de pillarlos con el micrófono abierto que a un vecino.

Aún hay quien se sorprende de que los dos partidos mayoritarios sigan alternandose en el poder. Pero es que apelan a los dos polos de las emociones irracionales, uno a la pena por los desfavorecidos, los otros a la venganza contra la cigarra. Al final solo quedan mentirosos que atraen con su discurso a quienes han oído algo relativo a la solidaridad mal entendida, aunque luego hagan lo contrario, y otros mentirosos que apelan al premio del esfuerzo y castigo de la holgazanería por otro, aunque en realidad sigan promocionando la incompetencia y la imprevisión.

En España nadie se cree el “estado del bienestar”, porque no saben que se trata de una política basada en la razón y no en los sentimientos. Destruir al vecino es lo más estúpido que un ser humano puede hacer, porque te arrastra con él hacia una sociedad cada vez más violenta, insegura y plagada de desigualdades. Quien se queda sin vivienda tiene escasas posibilidades de corregir su error, porque nadie contrata a vagabundos, y si no se lo creen, pregunten a cualquier gestor de recursos humanos, quienes tienen reparo incluso en contratar a quien ha perdido ya el vigor juvenil o ha pasado en el paro más de seis meses. Quien es despojado de todo no puede de ningún modo pagar las deudas pendientes y por tanto seguir haciendo funcionar la rueda de la economía, lo cual es doblemente estúpido.

La España de los pisos vacíos que aguardan eternamente a quien vive debajo de un puente no es más que un reflejo de un gobierno y una sociedad estúpidos que solo creen en la envidia, el miedo y la venganza. Nunca la mera razón del beneficio mutuo ha estado tan lejos de España. La hormiga que se precia de previsora ha tenido menos sesos que la cigarra.

La pena es pública en las redes sociales, la sonrisa burlona se esconde en la corrección política, la indiferencia siempre durmió entre nosotros. A la razón no se la ha visto ni se la espera.

De piadosos, reencorosos e indiferentes está lleno el cementerio de los países fracasados y las naciones fallidas.

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