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Había amanecido, lo sabía por la luz que atravesaba mis párpados. Comencé a desperezarme junto al vago recuerdo de gritos y peleas. Solo una pesadilla, sin duda, pero algo grave había ocurrido. La sábana áspera, el incómodo almohadón y el ambiente cargado indicaban que aquello tenía que ser un hospital. Decidí no abrir mis ojos todavía, no estaba seguro siquiera de estar realmente despierto.

La debilidad hacía que pudiera notar mi corazón retumbando a lo largo de todo el cuerpo. Sospeché que mis latidos se pararían súbitamente. Empecé a respirar más rápido llevado por la angustia, pero traté de sustituir mi jadeo por inspiraciones lentas y profundas hasta que recobré la tranquilidad dentro de mi desconsuelo. 

La paz duró poco, sin embargo. Me era imposible mover los brazos y el tronco. Imaginé un cuerpo tetrapléjico y postrado. No obstante sentía el tacto en mis manos y pies, y notaba presión en la cintura. Traté de ser práctico. Como pude, levanté con la barbilla la sábana y logré internar la cabeza bajo ella, donde vi un cinturón ancho de tela gruesa y almohadillada rodeándome la cintura, más un pasador a modo de hebilla, responsable de tenerme fuertemente atado a la cama. Mis brazos también estaban sujetos con el mismo tipo de correaje y un intento de levantar los pies me confirmó que se encontraban amarrados. Al menos lo peor no había sucedido. No obstante, lo que perdí en ansiedad lo gané en claustrofobia. Decidí volver a cerrar los ojos y concentrarme en la respiración de nuevo.

Cuando recobré el valor para seguir explorando, mi vista miope empezó a costumbrarse a la claridad de la habitación. A pesar de mi embotamiento, recordaba que aquello no se parecía en nada a la sala de urgencias del Hospital General de la ciudad, ni a ninguna habitación de sus plantas. El falso techo de paneles disponía de algunos cuadros de tubos fluorescentes y rejillas de ventilación. Miré a mi alrededor, la sala tenía todas las paredes verdes. Justo a mi izquierda se encontraba un armario empotrado cerrado por una puerta corredera. A mi derecha dos mesillas de noche metálicas con dos cajones cada una, una cama vacía, y en la pared contígua un largo ventanal totalmente cerrado con las persianas subidas. Frente a mí había otras dos camas probablemente iguales, aunque podía distinguir muy pocos detalles. La de enfrente estaba vacía, pero en la otra a su derecha se encontraba una persona sentada en una posición extraña, con el cuerpo encorvado, guiado por un rezo incansable en el que balanceaba rítmicamente su espalda y brazos al unísono. Entorné los ojos para conseguir algo más de nitidez, pero solo alcancé a distinguir que el hombre era bastante viejo y muy delgado, casi calvo pero con algo de pelo cano, vestido con pijama y bata. Me dió la impresión de que debía de ser una víctima del Alzheimer. No traté de entablar contacto con él, no obstante, ya que la miopía me invitó instintivamente a buscar con la mano derecha las gafas en la mesilla, y esto me centró de nuevo en mi inmovilidad.

Tras un cuarto de hora de especulaciones lo que pudo conmigo fue la sed. A falta de otro recurso grité varias veces al personal, hasta que oí pasos que se dirigían a la habitación. Entró una enfermera rubia con el pelo corto, de mediana edad, que me dió los buenos días con un tono desagradable e impersonal. Llevaba un vaso de plástico lleno de agua, como si hubiera leído mi pensamiento, y me lo acercó a los labios. Incorporé algo la cabeza y lo bebí hasta el final. Se me antojó una situación muy poco apropiada y le sugerí que me liberara, especialmente porque empezaba a sentir muchas ganas de orinar y no estaba dispuesto a dejarme ayudar por nadie en esa tarea.

Imposible. Vas a tener que estar así hasta que llegue la visita del médico, a las doce. No tenemos permiso para desatar a nadie hasta que el doctor lo considere oportuno, así que trata de portarte bien y no crear más problemas. –Para mi sorpresa su expresión se tornó muy seria, dentro de los escasos detalles que podía apreciar, como si yo fuera un crío insorportable.– No obstante ahora te suelto una mano y te doy algo para que puedas evacuar.

Desde debajo de mi cama extrajo un recipiente de plástico ovalado y coronado por un tubo largo y ancho. De su bolsillo sacó un imán para abrir el pasador de mi mano izquierda. Cubriéndome con la sábana comencé a llenarlo sin tomarme demasiadas molestias en calibrar mis pudores habituales, dada la urgencia. Una vez finalicé, lo tomó y volvió a apresar mi muñeca con la cinta. Pregunté por la hora así como por los correajes, ya que temía tener la espalda seriamente dañada.

Las nueve y media. Espera a que venga el doctor, te repito. –Sentenció, y se marchó con el recipiente para vaciarlo en algún servicio.

Mirando hacia la mesilla de noche no pude atisbar las gafas, tal vez cuando fui atacado me las rompieron. No había nada para distraerse, aquella habitación no tenía televisor, las paredes no estaban decoradas ni se escuchaba otro ruido que no fueran pasos lentos por el pasillo y algunos cuchicheos. Lo poco que acertaba a ver por la ventana parecía ser un bosque de pinos o abetos. De cuando en cuando trataba de moverme o sacar las muñecas aprisionadas, pero aquel dispositivo estaba bien diseñado para impedirlo. La espalda me estaba matando, sin duda estaba pendiente de que me operasen, el doctor daría el visto bueno y me conducirían a un quirófano. Traté de volver a caer en el sueño para ganar tiempo, pero mi costumbre era dormir de lado y no podía girarme. Calculé que había pasado una hora desde que la enfermera hizo su visita. Fue entonces cuando otro enfermo con bata y pijama entró en la habitación. Era bastante bajo y muy delgado, con el pelo moreno, de unos cuarenta años muy mal llevados, el rostro blanquecino y un andar algo grotesco. Se rió y me dió los buenos días. Le saludé y a continuación le pregunté la hora.

Qué educado estás hoy, anoche parecías otro. –Volvió a sonreirme y consultó su reloj de pulsera– Son las diez menos diez. No te preocupes, a casi todo el mundo lo sueltan por la mañana, pero mantén las formas, si actúas como ayer te vas a quedar ahí todo el día, y ésto es como los concursos, solo tienes una oportunidad, si fallas la respuesta correcta hasta mañana no tendrás otra ocasión. – Tomó unos pañuelos de papel que guardaba en su mesilla de noche, a mi derecha, y se despidió deseándome buena suerte.

Pensé que quizás fuera el típico hombre que entiende las bienvenidas como una ocasión para hacer novatadas, o tal vez había tratado de ser amable con un chiste que había resultado ser desafortunado. En todo caso no era una hora sino veinte minutos el tiempo transcurrido desde mi primera referencia. Aquello se hacía eterno, así que suspiré profundamente y volví a cerrar los ojos. No logré, no obstante, mantenerme sereno más de media hora, o acaso diez minutos. De nuevo empecé a forcejear con mis brazos y piernas hasta agotarme. Acto seguido sentí un insistente picor por todo el cuerpo. Aquel tormento duró un buen rato, hasta que, sin muchas esperanzas de obtener una respuesta coherente, pregunté la hora al viejo que me acompañaba. Le grité fuerte, dado que supuse que estaría prácticamente sordo. Para mi sorpresa, dejó sus movimientos compulsivos, tomó delicadamente su reloj de la mesilla y me respondió informándome de que eran las diez y media. Volvió a su posición encorvada pero en lugar de moverse empezó a entonar perfectamente una melodía agitanada. No suelo soportar el cante jondo, pero en aquella situación era lo más parecido a una radio que tenía al alcance y la letra que recitaba distrajo toda mi atención reconfortándome un poco. Con su mano en la mesilla creó un improvisado cajón que acompañaba perfectamente a la cadencia de aquel relato afligido. Finalmente se calló por un instante y se dirigió a mí con una sonrisa:

Yo acompañaba a Peret, incluso a Manolo Escobar, un tipo grande. Eramos palmeros, hacíamos acompañamientos de guitarra o tocabamos el cajón. Y no te creas que era solo flamenco, nos ganábamos la vida haciendo bolos, a veces para cualquier estrella de moda. En algún pueblo o en una ciudad, lo mismo en un teatro que en una verbena. Pero lo peor de todo era Paloma San Basilio, no nos dejaba ensayar, aparecía allí media hora antes del concierto y su representante nos daba las partituras sin más, muchas veces papeles sin ordenar, nos los repartíamos entre todos y decidíamos los instrumentos según cada cual se atraviera con una parte. El bajo era lo peor, cuando lo tenías que tocar después de mucho tiempo sin ensayar los dedos terminaban sangrando con aquellas cuerdas metálicas. Llevo diez años sin usarlo y todavía tengo cicatrices en las manos. Pero aquellos tiempos fueron magníficos, no te imaginas el dinero que se podía llegar a hacer en una buena temporada. Además en los años setenta las salas de fiestas no tenían equipos de música como ahora, lo que se estilaba era la música en vivo, y cuando terminabas te invitaban a lo que quisieras. Con las puertas ya cerradas nos jugábamos medio sueldo al póquer, con los amigos o incluso con estrellas como Serrat, y Dios mío, la de mujeres que pude conocer. En esos ambientes no se andaban con rodeos, ni tampoco en las fiestas de los pueblos. Los músicos eramos especiales para ellas, nada de paletos bruscos, eramos gente fina y sensible. Nos veían subidos a un escenario y se deshacían. Elegías a la que más te gustaba, le guiñabas un ojo, sonreías un par de veces y ya sabías que acabarías la noche acompañado, siempre con discreción para no terminar apaleado por los mozos del pueblo. Hasta que me corté la coleta y decidí casarme con mi mujer, claro. En mala hora… –se calló de nuevo y volvió a tocar un ritmo sobre la mesilla.

Tras aquel discurso tan coherente como inesperado, olvidé mi situación por completo y decidí a entablar una conversación más seria con él para distraerme y reconciliarme con la realidad.

Eras músico, entonces –me interesé– ¿qué haces aquí? ¿Te van a operar?

 – Lo peor era el bajo, llevo diez años sin tocarlo y aún así mira que cicatrices tengo – me mostró la mano aunque no podía distinguir ningún detalle– con esas cuerdas tan gruesas que te hacían sangrar las manos. Aunque tocábamos todo tipo de música, desde luego Manolo Escobar era el más grande. Peret era muy bueno también, pero se metió en una secta o algo así y desapareció. Con Paloma no, ella no te daba tiempo para ensayar, parecíamos suicidas lanzándonos al ataque frente al público en lugar de músicos. Y no te imaginas la de dinero y mujeres que tuve en esa época, pero después me casé y me corté la coleta. En mala hora.

Decidí cerrar los ojos. Esa charla duplicada me había asustado y me confirmó que aquel hombre sufría demencia senil. Pronto dejó de hablar y volvió a sus cantos en los que sorprendentemente no parecía dejarse ni una palabra olvidada. Volví a mirarlo pasado un rato, cuando se hizo el silencio, y de nuevo su cuerpo se encontraba en un rezo rítmico. Me miró, tomó el reloj sin necesidad de que yo preguntara nada y me dijo que eran las once y cuarto, para dejarlo sobre la mesilla y volver a su trance. Aquello me estaba enfermandando, el calor era insoportable y no podía apartar la sábana. Volvieron los picores. Con la excusa de la sed llamé otra vez a gritos a la enfermera.

Esta vez trajo el vaso y me lo vertió en la boca casi sin darme tiempo a tragar. Le pedí que retirara la sábana, lo hizo y se marchó sin decir nada. Me preguntaba qué había sido del trato cálido y humano para mejorar el ánimo del enfermo. Probablemente ella era de la vieja escuela, o eran las costumbres de esa clínica desconocida, quizás me habían trasladado a otra ciudad donde tenían la unidad adecuada para operarme la espalda.

Me decidí a silbar una canción, pero al aspirar noté olor a humo de tabaco y eso estaba fuera de lugar, en los hospitales está totalmente prohibido. Además escuché unos gritos casi animales en el pasillo seguidos de una carrera de muchas personas. Empecé a sospechar que acababa de caer en la locura como un soldado que ha de aguantar el terror del combate día y noche durante meses hasta perder la cabeza. Empecé a temblar de miedo y a tratar de zafarme de mis ataduras con todas mis fuerzas. Tan solo quería salir de allí como fuera. El cansancio de mi cuerpo convertía mis esfuerzos en una tiritona y me sentía cada vez más débil. Fue entonces cuando entró de nuevo el paciente con el que primero había hablado.

Si su Majestad me lo permite, me tumbaré un rato en la cama, fuera no está el horno para bollos. Y deja de moverte, hombre, son las doce menos cuarto y como entre el doctor y te vea así no te van a soltar en una semana. Pon cara de santo, haz caso a un veterano. Me llamo Simón, por cierto, no hace falta que te levantes para saludarme. A ti creo que te llamaré Revoltoso, no te lo tomes a mal, es una costumbre mía la de poner apodos a todo el mundo, me quedo con todas las caras pero soy muy malo para los nombres. Pero por alguna razón cuando rebautizo a alguien ya no se me olvida. El viejo de enfrente es mi amigo Cuentista, así que ya estais presentados. –Me dijo, mientras se desabrochaba la bata, la dejaba encima de los pies de su cama y se tumbaba con la espalda mirando hacia la ventana.

En efecto, a los pocos minutos, un doctor de mediana estatura, unos cincuenta años, con gafas y el cabello blanco con la raya a un lado, entró en la habitación acompañado por la enfermera que ya conocía. Ordenó a mis compañeros de habitación que salieran. El viejo lo hizo sin rechistar, pero Simón protestó varias veces hasta que finalmente cedió, tomó su bata y decidió irse. El médico me miró y se presentó dando solo su apellido que resultó ser Flores. A continuación leyó algunos papeles y se dirigió a mí preguntándome si estaba dispuesto a ser un buen paciente. Con la máxima educación de que fui capaz, solicité explicaciones sobre mi situación, no entendía qué hacía en otra ciudad, atado, con una actitud tan paternalista del personal y un terrible dolor de espalda. El doctor hizo un gesto a la enfermera, y con esa orden comenzó a retirar todas mis ataduras. Aliviado, me incorporé en la cama y quedé a la expectativa de sus palabras, no sin antes aclararle que estaba dispuesto a escuchar toda la verdad, su valoración sobre las posibilidades reales de recuperación tras operarme.

No estás en otra ciudad, estás en el Hospital Regional. No hay ninguna operación que realizar. Anoche la Policía Nacional te encontró tirado por la calle, aparentemente en coma etílico. Llamaron a la ambulancia, pero entre tanto te despertaste y no tuviste mejor idea que enzarzarte en una pelea con los agentes. Evidentemente la cosa duró poco, no tienes aspecto de boxeador precisamente, así que te dieron un par de veces con la porra para reducirte y te esposaron. Eso es todo lo que tienes en la espalda, se te pasará en unos días. En cuanto a la cabeza, te diste un golpe en el lado izquierdo al desmayarte, antes de que te encontraran. No hay nada aparte de la conmoción, te dolerá unos días. Según mis compañeros de urgencias, ya te iban a meter en la furgoneta para arrestarte cuando llegaron y consiguieron convencerles de que te condujeran al hospital en vez de llevarte a la comisaria. No estás fichado y en el calabozo de milagro. Y da gracias a que no te dió la feliz idea de intentar quitarle a alguno la pistola o ahora sí estarías pendiente de una operación o en la morgue.

No… no recuerdo nada de eso en absoluto –dudé, pero al menos aquello dejó de parecerme una alucinación. Desde luego era cierto que había estado bebiendo– pero en todo caso ésto no es el Hospital General.

Ya te lo he dicho, es el Hospital Regional, estás en la cuarta planta, sala de psiquiatría. En urgencias te levantaste de pronto, arrancaste la vía de tu brazo y saliste corriendo soltando sangre, hasta que varios celadores te redujeron. Aquello pareció una persecución de película, por lo que me han contado. Te trataron de tranquilizar pero era casi imposible, así que te inyectaron, según el informe… –consultó sus papeles– Haloperidol, lógico, y por fin te dormiste. En otra ambulancia te enviaron hacia el Regional para tratarte. Todavía tuviste ánimo aquí para intentar escaparte, así que los celadores te ataron a la cama. Lo que me sorprende es que te hayas despertado tan pronto entre el tranquilizante, la conmoción y el coma, aunque de buen seguro te vas a pasar todo el día confuso y mareado, así que asúmelo igual de bien que las copas que te tomaste anoche, y trata de ayudar.

Mire, preferiría que me de el alta, siento profundamente todo lo ocurrido, pero ahora estoy sobrio y no veo motivos para…

Creo que no lo entiendes. –Cortó el Doctor Flores mi conversación mostrándome la palma de su mano– Ahora mismo estás deshabilitado a todos los efectos. Tus opciones eran la comisaría o este centro, y por tu bien hemos logrado que no presenten denuncia. Pero no estás en disposición de solicitar un alta. Hasta que yo lo considere, permanecerás aquí. Las reglas del juego son sencillas, tú te portas bien, tomas tu tratamiento y aprovechas para desintoxicarte unos días. Según el informe –volvió a consultar sus notas– has tenido ya varios ingresos por intoxicación etílica en urgencias en los últimos cinco años. No es una buena carrera la tuya. Así que aprovecha estas jornadas también para reflexionar.

Había pensado en protestar, pero no creía que tuviera sentido dada la explicación, así que opté por mostrarme razonable, y en su lugar pregunté por mis gafas.

En urgencias te quitaron las lentillas, están guardadas y se las daremos a tu familia. Supongo que a la hora de la visita, a las seis, te traerán las gafas. De todos modos anoche seguro que veías peor y no protestabas, así que ahora aguarda con calma. Aquí no puedes usar lentes de contacto, los líquidos de conservación están prohibidos porque ni tú ni yo queremos que nadie se busque una vía rápida para salir, ¿entiendes? –me lanzó una sonrisa irónica– y por cierto tampoco puedes tener cuchillas, mecheros, objetos con cables o cualquier otra cosa que consideremos poco apropiada. Si la familia te trae algo, lo revisaremos y daremos permiso o no para que lo tengas. Nada más. Mañana a las doce nos volveremos a ver, espero que en mi despacho y no atado a la cama. –Se giró, intercambió algunas palabras con la sanitaria y se marchó rápidamente.

La enfermera me entregó una toalla, una bata y un pijama de dos piezas, así como unas especie de bolsas para los pies, a la espera de que mi familia me proporcionase unas zapatillas. Me indicó que me duchara enseguida señalándome el baño a la salida a la izquierda y dejara allí mismo mis prendas actuales, me ordenó no quitarme la bata salvo en la habitación y no estar más tiempo en la cama. También me informó de que la comida se serviría a partir de las dos de la tarde. Puesto que me había despertado tarde, me había quedado sin desayuno. Tras ésto, me dijo adiós y se marchó sin más.

Me quedé sentado sobre la cama cinco minutos. Tomé la muda, y traté de salir hacia la ducha, tambaleándome y totalmente mareado. Un pequeño vestíbulo servía de salida a la habitación. Enfrente, una puerta azul y ancha, entornada, daba al pasillo. A la derecha exploré otra puerta más estrecha. Encendiendo un interruptor, junto a una luz tenue arrancó un extractor bastante ruidoso. Era un servicio con el techo blanco. El suelo y todas las paredes, salpicadas de barras metálicas para ayudar a impedidos, estaban enlosados con un material antideslizante de color granate. Disponía de un retrete, bidé y un lavabo sobre el cual se encontraba una pequeña repisa para los útiles de higiene personal y un espejo. No había ninguna ventana. Curioseando la parte de atrás de la puerta, observé que tenía un pestillo que parecía funcionar perfectamente. Aquello me alivió un poco, ya que cerrado y aislado por el ruido del extractor, parecía un lugar apropiado para obtener algún momento de tranquilidad en aquellos días que no iban a ser demasiado placenteros. En cuanto al lado izquierdo, otra puerta similar daba paso al baño. Con el mismo diseño que el servicio, allí solo había un lavabo con espejo, algunos estantes pequeños con botes de gel, muchas barras de metal y una ducha sin plato ya que el propio suelo cóncavo hacía las veces de sumidero. Me encerré y abrí el grifo con la esperanza de que despejara algo mi cabeza. Resultaba incómodo ya que la cabeza estaba fija, supongo que no querían que una manguera sirviera de herramienta para ahorcarse o intentar matar a otro paciente. Cuando terminé, me miré en el espejo, viendo algún moratón, mi piel pálida, una barba incipiente y los ojos enrojecidos. Me peiné un poco con la mano, tomé mi nuevo uniforme, poco digno pero al menos de mi talla y, recordando la orden de la enfermera, me puse la bata dispuesto a conocer mi nueva residencia.

Al salir miré a ambos lados. Era un pasillo ancho, del mismo color verde que las habitaciones, sin luz natural e iluminado por fluorescentes cálidos. Nada de decoración salvo pasamanos de madera a lo largo de todas las paredes. A mi izquierda apenas restaban unos seis metros hasta el final del ala, y allí se encontraba Simón, curioseando a través del ventanal de la puerta que cerraba el recinto, con un cigarrillo en su mano derecha y un vaso de plástico a modo de cenicero en la izquierda. Decidí acercarme, lo saludé y me respondió con un gesto amable. Toqué el pomo de la puerta. Estaba cerrado con llave. Simón sonrió. Observé la ventana que cubría desde la mitad hasta tres cuartos de la parte superior de la puerta. Por su marco grueso adiviné que era un cristal de seguridad. Entornando los ojos, a través de ella se veía una sala blanca y cuadrada de unos tres metros de ancho. A mano derecha se encontraba una mesa en la que un celador permanecía sentado leyendo un periódico. En frente, otra puerta parecida daba paso a otra ala. Por lo que pude divisar a través de su ventana, era simétrica a la nuestra y estaba dedicada a la misma función. Allí deambulaban algunos pacientes aburridos pasillo arriba y abajo. A la izquiera había otra más, cerrada, pero con una reja añadida al ventanal, probablemente era la salida del pabellón dada la posición del celador, que tenía aspecto de esperar pacientemente las horas para regular la entrada y salida del personal. Finalmente me quedé mirando el cigarrillo de Simón.

Estamos en la sala VIP del hospital, aquí somos unos privilegiados, podemos pasarnos el día fuera de la habitación e incluso fumar. Los pacientes ya dan demasiados problemas como para tenerles además nerviosos pensando en la nicotina. Si quieres uno, haré una excepción hoy, porque te va resultar difícil salir al estanco, –sacó tres pitillos de su paquete y me pasó el suyo para encender uno– pero no te acostumbres, aquí escasea y es el único entretenimiento. No hace ninguna gracia quedarse sin suministro. En esa puerta –señaló a la derecha mientras exhalaba el humo– tienes el restaurante, ya disfrutarás en un rato de las especialidades del chef. Y cuando quieras entretenerte, al otro lado del pasillo tienes la sala de recreo, es muy divertida. Si te gusta el deporte, puedes andar por el pasillo.

Lo miré pensativo tratando de determinar qué podría fallar en su cabeza. Parecía un tipo totalmente lúcido y hasta hablaba de forma ingeniosa. Dudé un poco, pero finalmente me atreví a preguntarle cómo había llegado a necesitar un ingreso.

Mira, aquí hay de todo, –comenzó a explicarme– esquizofrénicos, psicóticos, sociópatas, anoréxicas, gente deprimida que no levanta cabeza, enfermos del Alzheimer, suicidas… mejor no te juntes mucho con ellos, están todos fatal. En realidad has tenido suerte con la habitación que te ha tocado. En cuanto a tu cuestión, a mí me gusta beber, como a ti, y por eso estoy encerrado, -se encogió de hombros- simplemente le doy a la botella, ni más ni menos. Me gusta estar en casa tranquilamente, enciendo el televisor y me bebo una botella de ginebra. Pero ahora no estoy ebrio, así que no te sorprendas de que no haga cosas raras, no voy a ponerme a gritar ni a imitar a ningún animal. Cuentista no da mucha guerra, aunque lo suyo es distinto…

Sí – le interrumpí – por lo poco que he podido hablar con él ya he notado que tiene demencia senil.

¿Demencia? –me miró con ironía– Ya le gustaría, Cuentista lo que tiene es el Korsakoff, ese se pasó más de cincuenta años bebiendo más que tú y que yo juntos, y se ha agujereado el cerebro literalmente, el alcohol le ha quemado las neuronas. En lugar de sesos tiene una esponja. El primer día que me ingresaron me contó que había sido bombero, el segundo músico y el tercero marino de la Armada. Por eso le llamo así. Ni sus familiares le aguantan, así que a veces se ponen a hablar conmigo en las visitas. Al parecer su padre sí apagaba fuegos, también sé que le dió por intentar aprender a tocar la guitarra en clases particulares y de joven debió de leer unos libros militares, supongo. De ahí lo saca todo, se inventa historias con cosas que ha aprendido de otros y cree que son parte de su vida, no es mucho más que un papagayo. El resto del día se lo pasa como un zombi o repite las cosas que hace varias veces, porque no se acuerda de nada. Me parece que era comercial, representante de bebidas o algo así. Por lo menos yo no voy a tener el Korsakoff, de esa me he librado.

Me alegro de que te estés recuperando –respondí, aún impresionado por el relato y pensando en el cuento que antes había creído totalmente cierto, lleno de detalles.

A mí solo me funciona el diez por ciento del hígado –sonrió de nuevo– y cualquier día, pronto, se parará definitivamente. Los doctores, que son muy amables, me suelen recordar que técnicamente mi hígado es paté de calidad. Pero en esta sociedad no le dejan a uno ni morirse en paz. De cuando en cuando mi tío y mi sobrino, que son insoportables, me traen aquí cuando me encuentran tirado en casa, me tienen unos días y luego me sueltan. Ya ves tú, como si fuera a morirme más feliz sobrio que borracho. Había pensado en quitarles las llaves, pero tampoco quiero que se vean forzados a derribar la puerta y encontrarme momificado, ya sabes, no me dejan en paz pero tampoco son tan mala gente como para darles ese espectáculo. Dime, tú que también eres de la parroquia, que preferirías, ¿vivir dos años en un psiquiátrico enterándote de todo o uno de fiesta a lo grande? Yo desde luego lo tengo muy claro, el día que me levante y tenga la piel amarilla en vez de blanca, abriré la última botella a la salud de todos. Me gusta mucho el cine clásico, y creo que Errol Flynn hizo algo parecido, claro que él antes había pasado revista a la mitad de Hollywood, ya me entiendes, tenía razones para brindar por todas. Por mi parte igual brindo por la casera, bastante paciencia tiene conmigo la pobre.

Lo siento… Bueno, yo realmente ayer perdí la cuenta, ya me han dicho que vine muy bebido pero no soy alcohólico, yo… –No me dejó continuar, me hizo callar poniendo su dedo en vertical sobre sus labios y a continuación se llevó el índice y el pulgar a los ojos como si meditara profundamente.

No, claro que no, déjame que adivine, a ver, a ver… –simuló unos pasos de magia con la mano, el cigarrillo y el vaso.– No, tú no eres alcohólico, y veo tres cartas, una me dice que te deprimes mucho, la segunda que la familia no te quiere, y la otra que tienes mucho estrés. Elije la que más te guste y guárdala en la mano.

Sentí un pinchazo de ira profunda en el estómago y estuve a punto de responder con alguna grosería, pero en su lugar decidí contenerme. Me despedí con la excusa de ir a conocer el ala, dándole las gracias por los pitillos. Por alguna razón lo que acababa de oir me había molestado, y mucho.

 (C) 2012 – DíasDelRecuerdo.wordpress.com 

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