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Nota: este artículo sigue a la primera parte, por lo que se recomienda su lectura previa.

¿Qué necesitamos para meditar? Viendo películas, documentales, leyendo libros o algunos blogs al respecto pudiera parecer que una gran parafernalia: ropas especiales, campanas, gongs, incienso, flores, cuadros de eminencias, estatuas… En realidad nada de ésto. No se necesita nada. Todo ello procede de la costumbre del ser humano, que tiende a crearse distintos ambientes para cada ocasión. Alguien, para oir música puede decantarse por su sofá preferido, sus auriculares aislantes, su equipo HI-FI y una manta para cubrirse. Pero no es imprescindible. Todo es parte del decorado, y a veces el decorado pone a nuestra mente en situación, pero eso es todo. Lo mismo sucede con la meditación, da igual en realidad si estás viajando de pasajero en un autobús, al lado de una ruidosa obra o en un parque. En realidad lo único necesario es algo de tiempo para uno mismo. En todo caso, si te apetece, puedes crearte en un espacio pequeño algún tipo de decoración que para ti sea sugerente de la actividad, pero siempre teniendo presente que todo ello no tiene ningún poder mágico o energético, y que siempre puedes hacerlo aún cuando estés en otro lugar.

 ¿Y la postura? También hay gran influencia de Oriente en ese sentido. Se acostumbraron en distintas tradiciones religiosas y filosóficas a sentarse de rodillas, con las piernas cruzadas o incluso realizando flexiones poco naturales de sus extremidades. No hay necesidad alguna, ni ninguna pose te va a acercar más a una realidad trascendental. Si te gusta adoptar la postura del loto, adelante, pero hazlo solo como parte de la decoración. En realidad te será más cómodo estar tumbado, sentado en un sitio cómodo o tal vez en una hamaca. Además, sentarse sobre las rodillas y quedarse inmóvil puede causarte dolores desagradables hasta que lo hayas practicado muchas veces. Se te pueden dormir las piernas y dejarte marcas de presión en las piernas. Y el sacrificio no te iluminará. Más bien deberías reflexionar en ese caso de dónde viene la asociación mental entre sacrificarse con dolor y alcanzar conocimiento sobre ti mismo. En la realidad no existe ninguna necesidad de iniciarse con dolor, todo es producto de las tradiciones y ritos humanos de muchas sociedades. Otras actividades tales como el trabajo para ganarse la vida sí pueden requerir de esfuerzos y dolores, pero la meditación es algo que no se hace con un propósito especial, como ya hemos comentado, y de hecho es una actividad tan pasiva que no requiere nada del cuerpo. Es más, encontrarse impedido por una lesión o limitado por una parálisis no son un inconveniente en absoluto a efectos de la meditación.

 Prácticamente la única recomendación es encontrar algún modo de no dormirse. Suele ocurrir al principio, pero si uno se duerme, probablemente lo más inteligente sea disfrutar de esa siesta. Un despertador puede bastar para no perder luego una cita importante o un trabajo pendiente. Con el tiempo deja de suceder, pero puede ayudar el no quedarse totalmente a oscuras, que el lugar sea cómodo pero no tanto para invitar al sueño o añadir un fondo sonoro que evite demasiada quietud.

 Suele asociarse también la música y el sonido a la meditación. Es igualmente parte del ambiente que quieras crear. La música occidental en general está destinada a avivar sentimientos. Eso no es demasiado productivo cuando la intención es frenar el pensamiento compulsivo, la charla interna. Se suele entonces recomendar desde la música oriental, más propensa a calmar, hasta sonidos tales como los de la lluvia, el ruido blanco o incluso grabaciones aleatorias de sonidos de una calle. Todo depende de qué te haga sentir más cómodo, siempre y cuando seas consciente, una vez más, de que es mero atrezzo. Puedes buscar en Internet multitud de vídeos largos con todo tipo de sonidos y música, pero siempre como complemento. Sé consciente de que no van a llevarte a un viaje astral, de que no son sanadores del ADN ni drogas sonoras. Y si por el contrario solo puedes meditar con música heavy, adelante, tarde o temprano no la requerirás.

 Lo que sí necesitas es un momento al día para ello. Bastarán veinte minutos. De un modo u otro puedes encontrarlos. Por muy ocupada que esté tu vida, debe existir un periodo menor de una hora en la que tu actividad sea la meditación. Por ejemplo, viajando en el metro, en un autobús, en un descanso antes de hacer las tareas de la casa, en un parque o justo antes de dormir. Lo que no tiene ningún sentido, y además es peligroso, es tratar de meditar mientras estás concentrado en otra actividad. Tareas como la conducción requieren atención, y si añades otra actividad, ya sea meditar o hablar con el móvil, puede que termines teniendo un accidente grave. Igualmente tratar de meditar mientras mantienes una reunión no es más que otro mito que te hace pensar en una especie de superpoderes adquiridos para derrotar al adversario. La realidad es que estarás despistado de los argumentos del contrario y con la mente en otro sitio, lo cual es contraproducente. Si estás comiendo, dedicate a comer, si estás negociando, dedícate a negociar.

 La clave fundamental está en que el tiempo de meditación es también un tiempo que requiere tu dedicación. Todos los días en el trabajo o en el hogar divides las tareas de forma que cuando estás a una cosa no te gusta interrumpirte para realizar otra, y de hecho, cosas tales como avalanchas de e-mails, llamadas inoportunas o gritos de los hijos son estresantes porque te obligan a separarte de aquello que estás haciendo. Los minutos diarios que dediques a la meditación han de estar dedicados solo a ello, y con la misma seriedad con la que se hace no solo un trabajo, sino con la que se debería hacer también el descanso. Si duermes, duerme, si estás tumbado al sol, permanece tumbado al sol, si meditas, medita.

 Y ahora centrémonos en otro ejercicio. Ya hemos visto que es imposible dejar de pensar totalmente durante un periodo de tiempo impuesto. Seamos pues más humildes. El ejercicio es sencillo. Tal vez veinte minuos, cuarenta como máximo. Utiliza si lo deseas un despertador o un temporizador para marcarte el tiempo. Sitúate en tu ambiente de meditación preferido o improvisa si no es posible. No te preocupes por las distracciones del exterior, pues se pueden integrar como parte de la práctica. Preferiblemente con los ojos cerrados, céntrate en ti mismo.

 Cualquier pensamiento que surja desde ahora, considéralo del mismo modo que cualquier evento del exterior. Cuando un automóvil toca el cláxon, no puedes evitar oirlo, del mismo modo cuando surge un pensamiento no puedes evitarlo. No lo rechaces de ningún modo, pero prueba a tratarlo de un modo diferente del normal: no converses ni negocies con él, no te centres en ello. No lo tomes de un modo personal. Deja que aparezca y se vaya. Y que sea sustituído por cualquier otro.

 Recuerda que estás en tu tiempo de meditación, por lo tanto no has de tratar ese asunto que ha surgido en tu mente en ese instante. Ya habrá otro momento. Es solo un ruido. Alejalo de ti simplemente no apegandote a él, es decir, no desarrollándolo. Poco a poco se irá y otros surgirán en su lugar. Puedes utilizar una metáfora: estás contemplando tu consciencia que es el cielo, y en ese cielo surgen nubes que vienen y se van, y que son los pensamientos. No hay que centrarse en ellas, el viento las trae y se las lleva.

 La dificultad de este ejercicio está en no dejarse enganchar. Hay que repetirlo hasta alcanzar un razonable nivel de desapego con los pensamientos. Al principio puede resultar muy difícil, en especial si hay asuntos agobiantes en la vida, pero recuerda siempre que no estás abandonándolos, simplemente los tratarás más tarde, porque ahora es el tiempo dedicado a la meditación. No trates los pensamientos como parte de tu “yo”, en estos minutos no son ataques a tu autoestima, no son reproches a ti mismo, no son ataques a tu incapacidad para meditar, no son gritos de gente enfadada, no son remordimientos, son simples cosas que suceden, y como tales, vienen y se van.

 Como en los anteriores ejercicios, de nada sirve leerlos y conocerlos en teoría. Ha de practicarse, y dedicar el tiempo que sea necesario para ello. El cerebro se adapta a la propuesta poco a poco, y se consigue alcanzar ese estado contemplativo del interior, de los pensamientos con la práctica sucesiva. Es una práctica de desapego, de disociar el “yo” con la responsabilidad de los pensamientos.

 Lo que venga del exterior ha de ser tratado del mismo modo. No hay que enfadarse por oir un martillo neumático en una obra cercana, o gritos de niños jugando en la calle. En su lugar hay que darse cuenta de que son sensaciones que al igual que los pensamientos, surgen fuera de tu control y pueden simplemente contemplarse. Y nada más que contemplarse, sin procesarlos, sin evolucionarlos, sin crear fantasías sobre ellos, porque no es el momento. Y si surge el enfado por el ruido, se trata del mismo modo, como algo independiente de ti, dejando que venga y se vaya.

 Se aprende algo con ello, muy importante: tu “yo”, seas quien seas, no es un generador de pensamientos. En su lugar, ellos surgen, son una creación de la mente inconsciente. Procesos inconscientes que se plasman en la consciencia en forma de charla interna, imágenes, recuerdos o sensaciones físicas de ansiedad, miedo, enfado o cualquier otra índole.

 La naturaleza de los pensamientos interiores es la misma que aquello que viene del exterior: imágenes, sonidos, charlas, tacto, calor, olores. Tanto lo interior como lo exterior surgen en tu consciencia y tienen la misma naturaleza final: pensamientos de los que eres consciente. En el funcionamiento de la mente solo hay una cosa, pensamientos que adoptan distintas naturalezas, desde imágenes hasta sonidos pasando por cualquier fórmula al alcance del ser humano: olores, gusto, dolor, ansiedad, enfado, placer, diversión. Todos son pensamientos, y ninguno está bajo el control de eso que llamas “yo”.

 Dedica tiempo a contemplarte sin apego, como si todo fuera un gran espectáculo que aparece y desaparece ante tu consciencia, sea interno o externo, sin la menor necesidad de agarrarse a nada durante esos minutos.

 La “trampa” de este ejercicio, pues como en los dos anteriores hay algo por aprender, es sutil, y se verá más adelante. De momento date cuenta de que “tú” no creas los pensamientos, y ello no es cierto solo cuando “se te enciende la bombilla” para crear una idea que te saque de un apuro, al contrario, sucede durante todo el tiempo en que estás despierto. Y comprueba que lo exterior es igual a lo interior, un producto que surge en una especie de pantalla de proyección a la que llamas consciencia.

Observa igualmente que todo viene y se va. Hay pensamientos que pueden durar más o menos, ruidos externos que pueden durar poco o mucho, pero todo aparece y desaperece. Nada se queda para siempre. Solo vuelven cuando los recuerdas o los imaginas, pero no están allí todo el tiempo. Incluso en una situación angustiosa puede haber minutos en los que, concentrado en cualquier otra cosa, como una película, no recuerdes tu problema. Y durante ese tiempo de hecho no ha existido. Tal vez nunca habías reparado en ello: nada es constante en tu interior.

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