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Se preguntarán por qué me encuentro en prisión. Verán ustedes, yo era camarero, y de los buenos: una bandeja repleta en la mano derecha, la izquierda para apartar gentilmente a los niños y dos piernas hábiles para saltar bordillos y esquivar automóviles.

Mas no hay humano que no se equivoque algún día. Y normalmente un poco de talco, una invitación y una disculpan hacen el apaño.  Pero aquel día no, y tuvo que ser precisamente ese día, maldita sea mi suerte.

Las autoridades locales estaban de festín en el restaurante donde trabajaba y llegaron los postres. Me dirigí presto a servir la tarta. Se me cruzó un reportero, el cable del micrófono se me enredó y salí volando junto con la maldita bandeja. Mientras me estrellaba en el suelo el alcalde recibió la tarta en pleno rostro. Yo fui reducido -aún más- por varios guardaespaldas.

Un juicio kafkiano, y aquí acabé.

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