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Los generadores de gravedad artificial, más conocidos como AGG por sus siglas en Inglés, basan su funcionamiento en los conocidos superconductores a temperatura ambiente, los mismos que se emplean para los trenes magnéticos en los que circulamos habitualmente para recorridos de larga distancia. Sin embargo el efecto buscado no es el magnético, ya que solo ciertos materiales se ven atraídos por un imán, y eso sería inútil a los efectos deseados.

En su lugar, se busca tomar provecho del aumento de la masa de una partícula de acuerdo con su velocidad. Como se deduce de la ley de la Relatividad de Einstein, cuando cualquier cuerpo alcanza una velocidad próxima a la de la luz los efectos del aumento de masa se hacen notorios: las pequeñas partículas que circulan por el espacio procedentes del Sol a velocidades relativísticas de hecho tienen una gran masa asociada. Sin embargo, su paso por las inmediaciones de la Tierra es tan rápido que los efectos de su gravedad son despreciables: no hemos de preocuparnos por cambios catastróficos de la órbita de nuestro planeta ni nada parecido, y de hecho esto hubiera sucedido mucho antes de la aparición del ser humano de darse el caso.

El aprovechamiento de la gravedad de una partícula a gran velocidad solo puede darse si dicha partícula queda confinada en las inmediaciones del elemento sobre el que se desea ejercer dicha fuerza. Los electrones son partículas elementales sobre las cuales se puede ejercer una aceleración de forma relativamente sencilla mediante la aplicación de una diferencia de potencial. Sin embargo, su masa es tan pequeña que para resultar útiles ha de imprimirse a las mismas una velocidad extremadamente cercana a la de la luz. En un conductor normal ello implicaría un gasto enorme de energía debido a la resistencia eléctrica y supondría dificultades insalvables para mantener al material conductor refrigerado. En caso contrario, el cable se fundiría y evaporaría en una fracción de segundo.

Con la llegada de los superconductores a temperatura ambiente fue posible diseñar las bobinas de Maygeleven. En las mismas, hay un fino entrelazado de superconductores donde los electrones circulan en sentidos opuestos. Esto es así para neutralizar el inmenso campo magnético que la circulación eléctrica produce a grandes velocidades, en otro caso cualquier aparato eléctrico fallaría en las inmediaciones de un generador de gravedad y sería imposible la construcción con materiales sensibles al magnetismo, por no hablar de los efectos sobre los seres humanos, cuyas pequeñas cantidades de hierro presentes en la sangre podrían vibrar y hacer hervir al cuerpo desde dentro. Adicionalmente a la bobina principal, las bobinas auxiliares aportan energía al sistema hasta que los electrones alcanzan la velocidad deseada.

En este enrevesado circuito, los electrones circulan sin rozamiento, y por tanto sin calentar al superconductor. Se mantienen confinados al recorrido, y conforme su velocidad aumenta, la suma de los ínfimos campos gravitatorios de cada partícula generan un campo total gravitatorio que usualmente alcanza entre los 0,3g y 0,5g, suficientes para mantener los objetos en su posición y al ser humano en un estado físico aceptable, con la ayuda adicional de algún ejercicio físico.

Es así como el primer uso de los AGG permitió una hazaña como la conquista del planeta rojo con garantías para la tripulación en un viaje tan largo por el espacio, algo que hoy nos parece normal pero que resultó por muchos años un problema insalvable para los programas espaciales. Y desde entonces, como sabemos, su uso se ha ido extendiendo a todos los aspectos de la vida cotidiana con provecho para todos.

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