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Cuando no existían los antidepresivos, se empleaba el electroshock, práctica terrible en la cual se aplicaban descargas eléctricas al paciente despierto. Hoy en día sólo se hacen electroshocks en casos muy graves y con pacientes anestesiados. Otra práctica brutal era inducir un coma diabético. Tras la crisis parecía mejorar el estado de ánimo del paciente, cuando sobrevivía. El primer antidepresivo empleado en gran escala fue el litio, pero su lista de efectos secundarios es tan grande que hoy en día raramente se usa. Los IMAO se popularizaron y desplazaron al litio. También eran peligrosos, entre otras cosas porque los pacientes debían seguir una dieta muy estricta: mezclas de alimentos comunes con el medicamento podían producir hipertensión y derrames. En esas condiciones, el control debía ser muy estricto.

Hacia 1986 el Prozac (fluoxetina) apareció en escena. Parecía ser un milagro al eliminar los efectos del lítio y los IMAO, hasta tal punto que en EEUU se convirtió en algo casi tan popular como la Aspirina. En ese país, la publicidad de medicamentos controlados no está prohibida salvo en raros casos, y la compañía lanzó una campaña agresiva para que la gente solicitara la receta a sus doctores.

Se popularizó como remedio para cualquier eventualidad de la vida, desde trabajos competitivos y agotadores hasta estados normales de duelo, pasando por meros bajones de estado ánimo por los que todo el mundo pasa, en lugar de seguir limitado al tratamiento de las depresiones. Pero pronto aparecieron los problemas. A pesar de que a corto plazo no generaba dependencia, sí producía un efecto “rebote” al suprimirla. Al suspender la medicación se recaía en una depresión más profunda, creando de facto una dependencia en el paciente, abrumado por la perspectiva de caer de nuevo en la postración y en una depresión mucho más severa, susceptible de acabar con sus trabajos, sus vidas y sus familias.

Las farmacéuticas, interesadas en ampliar el mercado, se aliaron con los psiquiatras. Es una práctica común y legal que los médicos reciban comisiones por recetar medicamentos. Por otro lado, la FDA, el organismo encargado de experimentar con fármacos y dar su visto bueno, está formado por una comisión de médicos que también trabajan para las farmacéuticas. Hablamos de médicos que se juegan millones, y con ello su pertenencia a clubes exclusivos de golf, su automóvil europeo, sus vacaciones en islas exóticas y sus mansiones. Recortaron los plazos de investigación del Prozac y otros antidepresivos, hicieron pruebas en un número de pacientes mucho menor de lo recomendado para obtener pruebas estadísticas válidas y ocultaron además fallos fatales maquillandolos con la posible existencia de otras patologías en los pacientes de prueba.

El primer objetivo de expansión fueron los adolescentes. Casi siempre son conflictivos de una forma u otra. Parecía el remedio ideal para que los padres pudieran estar tranquilos viendo la tele con su hijo sumido en una apatía agradable e improductiva. El cerebro de un adolescente es distinto del de un adulto, y apareció, por la falta de ensayos, un efecto secundario terrible: ideaciones suicidas. De pronto, jóvenes que siempre habían sido normales tomaban Prozac durante 15 días y aparecían muertos de cualquier forma horrible. Al principio las farmacéuticas negaron cualquier relación, pero las estadísticas lo hicieron patente. Hoy en día los prospectos lo advierten claramente, no sólo en el Prozac sino en otros más modernos como la fluvoxamina, citalopram, escitalopram o la paroxetina.

Los psiquiatras, que se reúnen periódicamente para determinar la lista nueva de enfermedades mentales, inventaron el síndrome de los niños hiperactivos. Se los inventan literalmente, pues ellos mismos reconocen que a diferencia de las enfermedades físicas, los trastornos psicológicos son un mero conjunto de síntomas diversos confusos y variables. No existen pruebas fehacientes, no se detectan con radiografías cerebrales, con electroencefalogramas ni pruebas de sangre. Salvo algunos casos muy claros, como las adicciones a las drogas o la esquizofrenia que tiene una base física en el cerebro, los psiquiatras no actúan como verdaderos médicos que realizan pruebas concluyentes.

Tanto es así, que en un experimento realizado por un periodista llamado David Rosenhan en los 70, envió a periodistas sanos e incluso a inspectores médicos a psiquiátricos, fingiendo todo tipo de  malestares. Los psiquiatras no sólo no fueron capaces de detectar a los falsos enfermos con sus tests, sino que incluso les impedían abandonar el psiquiátrico cuando afirmaban estar sanos. El experimento creó tal revuelo que los psiquiatras se vieron obligados a reforzar sus tests ampliándolos en número y profundidad para aparentar más seriedad. Aún así, hoy en día no tienes más que irte con una lista de males a unos cuantos psiquiatras, unos te dirán que tienes trastorno límite de personalidad, otro que eres bipolar y otro a lo mejor otro se da cuenta de que simplemente abusas del alcohol y eso te hace irascible, voluble en tu estado de ánimo y te deprime.

El experimento de Rosenhan

Si el cerebro de un adolescente es diferente al de un adulto, lo es mucho más el de un niño, y comenzó una plaga de niños normales pero revoltosos que morían, ya no por ideaciones suicidas, sino por síndromes cerebrales fatales.

El abuso y la ligereza en la prescripción de antidepresivos en EEUU causó simple y llanamente miles y miles de muertes entre los 80 y 90. Sólo tras ésto y varias comisiones de investigación de congresistas, las farmacéuticas se frenaron en su campaña, aunque como suele ser habitual en estos casos, ni psiquiatras ni farmacéuticas fueron condenadas en tribunales por mala praxis salvo en casos excepcionales.

Evidentemente los antidepresivos, los tranquilizantes menores y mayores, los anticonvulsivos, los derivados del opio y la marihuana y hasta la anestesia tienen su función importante y mejoran la calidad de vida de muchas personas, pero la presión del mercado y el gran dinero han sido una verdadera plaga en el mercado farmacéutico y especialmente en el mundo de la psicología, donde todo el mundo puede considerar que alguna actitud tuya es patológica, que eres adicto a Internet, al sexo, al chocolate, a las compras, al aire acondicionado, al coleccionismo de miniaturas o cualquier otra cosa, meterlo en un diccionario médico con una nueva descripción y sacarte los cuartos haciéndoles hablar de tu niñez en sesiones interminables e hinchandote a pastillas “milagrosas” cuyos efectos a largo plazo a veces son totalmente desconocidos.

Making a Killing, el negocio farmacéutico (Inglés):

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