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Las últimas medidas del gobierno colmaron la paciencia. En realidad fue eso y la muerte de varios manifestantes tras unas cargas desproporcionadas. Ante la toma del parlamento, los gestores del gobierno corrieron al aeropuerto.

Los problemas, no obstante, comenzaron muy pronto. Pese a sus prisas, se vieron obligados a desplazarse a otra cola para facturar aparte las maletas llenas de billetes y documentos confidenciales. Poco después, sufrieron un nuevo parón porque en el paso a la zona de embarque el escáner no dejaba de pitar. Resuelto el asunto de la hebilla metálica, resultó ser que no habían pagado el suplemento de speedy boarding y tuvieron que quedarse al final de la cola. Y entonces llegó la masa enfurecida, sin tiempo para embarcar.

La política de subvención a las low cost fue su perdición. Mientras las horcas se preparaban y el karma entregaba su factura, el presidente de la compañía de aviación se mofaba de ellos.

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