Cuando se habla de Terence McKenna, hay que explicar primero que fue un personaje controvertido. Además de su tarea como filósofo, fue escritor, etnobotánico e historiador. Pronto descubrió su pasión por la “psiconáutica”, es decir, la experimentación con drogas psicoactivas tales como el LSD, DMT, hongos alucinógenos y otras substancias capaces de alterar el funcionamiento del cerebro de forma ostensible. Defendió el uso de estas drogas con el fin de conocer más acerca de la naturaleza del ser humano, la consciencia y también como un catalizador para la generación de ideas revolucionarias en los campos de la filosofía, la técnica y la organización social.

Evidentemente, con esos antecedentes, resulta relativamente fácil caer en tópicos que conviertan sus ideas en meras locuras floridas y novelescas. Y así, como es de esperar, su teoría de la Novedad tiene un lado pintoresco que pasaremos a comentar en primer lugar.

La teoría de la Novedad está enlazada con ciertas hipótesis que la acercan al mundo de lo paranormal y la futurología. En concreto, el propio Terence McKenna desarrolló un software basado en la estadística, con fechas de eventos históricos cuya selección es más que discutible, y creó esos datos una gráfica que parecía colapsarse en el año 2012. Según su propia descripción, él lo hizo antes de saber nada acerca de las predicciones de los Mayas, aunque por otro lado al parecer modificó la gráfica varias veces con la adición de otros hechos históricos hasta conseguir que el colapso ocurriera hacia diciembre de 2012. Con esa prueba, afirmaba que algo muy relevante y capaz de cambiar la historia radicalmente ocurriría en esas fechas. Lógicamente, ganó muchos adeptos entre los catastrofistas y los amantes de los libros y documentales sensacionalistas, así como el rechazo de muchos escépticos. Hay que decir también que McKenna, aunque proponía esa predicción, no parecía estar especialmente interesado en comprobar si su predicción era correcta o no, ni afirmaba tener razón en sus cálculos, que según admitía, podían ser erróneos.

En todo caso aún no hemos llegado a diciembre del 2012, Terence McKenna falleció en el año 2000 sin poder comprobar nada, y la teoría tiene otros aspectos menos explosivos pero más interesantes para la reflexión: básicamente el llamaba “novedad” al ritmo en que se suceden los “hechos” nuevos, siendo un “hecho” cualquier descubrimiento, evolución natural o artificial, o cualquier desarrollo en cualquier campo social o científico. Y el ritmo al que las novedades se van sucediendo se ha ido acelerando de forma constante a lo largo de toda la historia del Universo.

En el caso de la humanidad, la historia de los avances técnicos, políticos y sociales son un buen ejemplo: desde Roma hasta el siglo XVIII los avances científicos y sus usos prácticos fueron muy lentos, el poder raramente se separaba del modelo absolutista y las relaciones sociales y familiares se habían mantenido fundamentalmente estables e imperturbables. Luego acaecieron la Revolución Industrial, las revoluciones políticas como la Francesa, la de EEUU y las socialistas y comunistas, un progresivo cambio en el papel de la mujer hacia una mayor igualdad, la lucha por los derechos humanos, etc. Para mediados del siglo XX las comunicaciones se habían revolucionado, primero por la tracción mecánica y luego por la extensión de redes de comunicaciones para voz y datos, y la relación de los ciudadanos con los gobiernos en muchos países empezaba a ser bidirecional: desde votaciones a revueltas organizadas con la ayuda de las telecomunicaciones, hasta el aleccionamiento, la información y contrainformación, y la publicidad en cine y TV por el otro. Posteriormente, la sustitución de las válvulas de vacío primero por transistores y un poquito después por circuítos integrados aceleró el desarrollo de la informática y la transmisión del conocimiento. Internet se popularizó casi un instante después, aparecieron redes sociales, parte del comercio se hizo “virtual”, las relaciones familiares, de amistad y pareja pudieron hacerse a distancia de forma instantánea, el transporte barato favoreció las migraciones y el comercio globalizado, etc. Y todo ello sin hablar de los profundos cambios acaecidos en el mundo oriental y el continente africano, también cada vez más veloces.

La evolución de las especies es otro buen ejemplo de crecimiento con velocidad exponencial: por millones de años la Tierra estuvo habitada solo por seres unicelulares y todo se encontraba dentro de los océanos. La explosión de vida multicelular y en la superficie llevó menos tiempo, y la evolución de los cerebros desde los primeros primates hasta el ser humano fue sorprendentemente rápida.

En general, la teoría de la Novedad habla de otro aspecto del Universo que no acostumbramos a mencionar desde el punto de vista científico, al menos en ambientes académicos. Parece que la Termodinámica simplemente habla de un desorden creciente, y de la condena universal al enfriamiento y la dispersión, con una “muerte final” del todo que se describe como un erial helado y sin actividad. sin embargo, esta teoría se centra en el hecho, aparentemente contradictorio de que en el Universo, todo, sea natural o artificial, tiende a comportarse como sistemas de complejidad creciente: los elementos sencillos se unen creando estructuras más complejas, y esas estructuras interactúan luego para crear sistemas aún más evolucionados a una velocidad creciente. Así, los átomos se combinan en moléculas, luego algunas de estas fueron haciendose más y más complejas para dar lugar a largas cadenas de carbono, nitrógeno, oxígeno y otros elementos, algunas adquirieron la capacidad de replicarse, aparecieron las primeras células, las células dieron lugar a animales, plantas, y por supuesto los hongos de McKenna, los animales se dotaron de cerebros, los cerebros fueron capaces de razonar cada vez de forma más compleja, crearon herramientas, las utilizaron para crear otras más complicadas, se incluyó a la electricidad en el juego, los circuítos integrados se dotaron cada vez de más estructuras y capas internas, y acabamos sentados leyendo en Internet. Puede que el Universo se encamine al desorden, pero hay momentos en que el orden se impone por si solo, se estructura y crece de forma exponencial.

McKenna llamó a ésto “la aceleración del tiempo”. No es tan descabellado si tenemos en cuenta de que no hay evidencias de la existencia del tiempo en la realidad: es un concepto útil para medir, pero salvo como modelo teórico, no se ha demostrado que haya ninguna realidad física subyacente. Además, no hay ningún punto de referencia para medirlo, con lo cual decir que es “constante” tampoco tiene sentido, siempre y cuando se tenga claro que la aguja de un reloj no mide el tiempo sino que, simple y llanamente, sirve de unidad de referencia para otros cambios. Tratar de observar un cambio en la periodicidad de un reloj utilizando el mismo reloj está condenado al fracaso.

En resumen, la complejidad es creciente, algo similar a los fractales que aumentan y aumentan sus tramas conforme evolucionan las iteraciones, y cada vez sucede todo más rápido. Ésto, lógicamente tiene múltiples consecuencias, y McKenna, finalmente, lo que afirmaba, era que llegaría un momento en la historia en que el factor principal del cambio fuera el propio cambio. ¿Un trabalenguas? Bueno, los cambios siempre tienen razones. Por ejemplo, el Imperio Romano, sumido en la opulencia y la corrupción se volvió ineficaz para luchar contra sus enemigos, y eso cambió el rumbo de la historia. La peste negra dejó tan pocos trabajadores disponibles que sus exigencias económicas y sociales con poca competencia acabó con el sistema feudal. El constante acoso de la nobleza y la Iglesia contra la burguesía terminó con un desarrollo exponencial del mercado de las guillotinas, las ideas extremistas y absolutistas acabaron con el dominio europeo del mundo y el abaratamiento del transporte más la caída del proteccionismo nos nutrió de productos chinos, antes exóticos, entre otros ejemplos. Bien, supongamos ahora escenarios donde el propio ritmo del cambio es la causa de un cambio radical:

1) Economía: el capitalismo y la banca se han establecido sobre un sistema exponencial que genera dinero en base al crédito y la deuda. Para pagar créditos necesitas pagar intereses, con lo cual has de generar cada vez más. Si un año tienes 100 de algo y los intereses son del 10%, el año siguiente has de tener 110, y al siguiente crecer otro 10% sobre esos 110, que son  121 en total, luego 133,1 y todo ello en una cadena que nunca acaba, porque para poder pagar necesitas crear más dinero, que procede a su vez de un crédito. Llega un momento en que esa “velocidad de cambio” se hace insostenible, debido a que ya no quedan mercados donde vender. Al principio es sencillo porque casi nadie está abastecido, pero luego, cuando todos tienen sus productos has de animarles a cambiar a la fuerza (obsolescencia programada) y más tarde necesitas ganar más tan deprisa que ni siquiera consigues obligar a nadie para que se deshaga de su producto recién comprado. Y el sistema se colapsa, no porque falte abastecimiento, sino porque sobra.

2) Empleo: un trabajador ha de formarse durante un tiempo, pero a lo largo de su carrera profesional necesita reciclarse varias veces más para aprender nuevas tecnologías, adaptarse a nuevos modelos de producción y descartar conocimientos que ya no tienen valor para ganarse la vida. Con un desarrollo tecnológico cada vez más rápido, llega un momento en que el ser humano se ve incapaz de adaptarse a todos los cambios en su puesto de trabajo. Eso genera una masa creciente de trabajadores considerados obsoletos a edad cada vez más joven. Se alarga tu esperanza de vida y la calidad de esa vida durante buena parte de tu vida, pero tus opciones para permanecer en un puesto de trabajo desaparecen entre una competencia atroz de cursos de reciclaje. Quien queda para trabajar, además, está recién salido de sus estudios y carece de experiencia, lo que tampoco se apetecible en muchos sectores. Así, aumenta exponencialmente el número de ciudadanos que quedan marginados del mercado laboral, generando un potencial de rebelión social.

3) Sociedad: el cambio en los métodos de comunicación aumenta a ritmo creciente. Cada vez más joven, quedas aislado porque que te vuelves incapaz de aprender y manejar nuevas tecnologías. Las modas ya no se dividen en generaciones, ni tan siquiera en décadas, llegan anualmente y a veces por temporadas, generando nuevas divisones y fracturas entre grupos antes homogéneos, rompiendo la sociedad.

Ésto son solo tres ejemplos y ni siquiera hemos tenido en cuenta los efectos de otros elementos que también crecen a ritmo exponencial: la sobreexplotación de recursos naturales, la industria del armamento con sus nuevas y efectivas formas de masacrar, la robotización creciente y cada vez más inteligente que elimina capas enteras del mercado laboral o las tecnologías de identificación y geolocalización, entre otros muchos elementos.

Así pues, seas de los que buscan el refugio en las estructuras tradicionales o de aquellos que protestan activamente por reformas correctivas al sistema, la teoría predice el mismo resultado para ti: te encontrarás sumido en la revolución, algún tipo de revolución, y bastante pronto, porque el ritmo de los cambios se ha hecho tan rápido que requiere un cambio en sí mismo, y esa corriente no tiene freno, del mismo modo que no se puede frenar a un Tsunami cuando está en marcha.  El cambio llegará debido al cambio.

Vídeo en el que Terence McKenna describe su teoría de la novedad.

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